Educar en nuestros días

Me gustaría examinar con ustedes algunos de los retos a los que se enfrenta la educación superior en nuestros días.

Despersonalización

Es posible que no todos hayan leído, o que no prestasen la debida atención a la noticia que hace algún tiempo apareció en medios de comunicación especializados y que, a pesar de su importancia, no ha suscitado demasiado eco. En ella se nos informaba de que el gigante Microsoft había adquirido, mediante patente legal, los derechos exclusivos sobre los órganos y componentes del cuerpo humano, con el fin de utilizarlos para transmitir informaciones. La patente tiene el número 6.754.472 y su título es: “Método y aparatos para transmitir energía y datos utilizando el cuerpo humano”. No conozco el uso que actualmente se está haciendo de está patente,  y dejo a su fantasía imaginar lo que en un futuro no demasiado lejano podrían hacer con nosotros. Confieso que al leer semejantes noticias, me alegro con frecuencia de haber dejado de ser joven.

El uso masivo de máquinas “inteligentes” para toda clase de tareas (hay ya países en los que se necesita un manual de instrucciones para vivir en ellos), también está teniendo, como no podía ser de otra manera, importantes consecuencias en el ámbito educativo.

Para que nadie me acuse de unilateralidad o pesimismo, comenzaré reconociendo que la utilización máquinas en la trasmisión de conocimientos reporta enormes ventajas. Por ejemplo, su liberación de condicionantes físicos tan fundamentales como el tiempo y el espacio. El almacenamiento digital de los conocimientos y su trasmisión a través de redes informáticas posibilita que los conocimientos sean accesibles, en todo lugar y en todo momento, a un número de usuarios cada vez mayor. Esto hace que investigaciones que antes requerían largos y costosos desplazamientos a lugares o épocas, a veces muy lejanas, puedan llevarse a cabo de manera prácticamente instantánea desde todos los puntos del planeta, a través de un ordenador conectado a Internet.

Una importante consecuencia este hecho podría ser la democratización de los conocimientos, es decir, el hacerlos fácilmente accesibles a un número cada vez mayor de usuarios. Aplicadas a la educación, las nuevas tecnologías podrían llegar a ser una auténtica bendición para amplias capas de la población humana, ya que podrían extender la educación de calidad a sectores que por razón de su localización geográfica, restricciones presupuestarias o falta de tiempo no podrían permitírsela.

Otra gran ventaja de estas nuevas tecnologías es la posibilidad de acceder sin esfuerzo a una ingente cantidad de informaciones. Actualmente podemos visitar museos, leer obras literarias, escuchar óperas y asistir a grandes eventos deportivos, con tal de disponer de una buena conexión a la red.

Ahora bien, la historia nos enseña que los grandes avances tecnológicos de la humanidad nunca han reportado solo bendiciones. Parece inevitable que en el futuro las máquinas desempeñen un papel cada vez más importante en el ámbito de la educación. Pero si este uso masivo no se complementa con enseñanzas que las máquinas no pueden transmitir, las consecuencias podrían ser desastrosas a medio y largo plazo.

De manera muy resumida podemos decir que las nuevas tecnologías digitales ofrecen información pero no conocimiento. Y es que conocer no significa sólo disponer de informaciones dispersas, sino también, y sobre todo, la capacidad de integrarlas en una visión unitaria y coherente de las cosas, dotarlas de sentido y manejarlas críticamente. Navegar por redes que propician el sometimiento pasivo a riadas y riadas de informaciones, fabricadas por empresas que no albergan la menor intención de formar la mente humana, sino la de conquistar audiencias y obtener beneficios económicos, podría convertir a la larga a la sociedad humana en una especie de termitero.

Otro peligro de las máquinas inteligentes es que podrían acabar con la intimidad.

Mercantilismo

Desde hace ya bastantes años, se viene exigiendo en Europa, y de manera muy especial en España, que el quehacer educativo se ponga al servicio la vida económica de la sociedad. Lo que los educadores deberían hacer, se nos dice, es formar profesionales capaces de incorporarse con las máximas garantías y cuanto antes, al tejido productivo del país.

Sería injusto no ver en la educación una herramienta imprescindible para incorporarse a la vida social y profesional. O no ver en ella la raíz de todos los avances tecnológicos. El paso de los años, está demostrando, sin embargo, que una concepción tan economicista y pragmática de la educación es unilateral, si no es complementada con otras enseñanzas de otro tipo. Una sociedad sometida a la necesidad del éxito inmediato, y que sólo vive en el corto plazo de la productividad (cada vez más, cada vez más deprisa y cada vez con menos costos), conduce inevitablemente a la frustración y genera ciudadanos carentes de proyectos vitales ilusionantes.

En una época en que cada vez más los profesores se convierten en funcionarios y en la que la calidad de la docencia se mide solo por criterios cuantitativos externos, la tarea fundamental de la educación superior está dejando de cumplir con su función secular de entender y explicar el mundo, para, sometiéndose a los gustos del gran público, ofrecerse al consumo como una mercancía más.

Domesticación social

La pasividad moral y la ausencia de sentido crítico en sectores de la población tan sensibles como la juventud, podría conducir rápidamente a un nuevo colonialismo, el del conocimiento, el más grave de todos los colonialismos que la humanidad ha padecido hasta la fecha.  Y es que quienes controlen las técnicas de la información y de la comunicación se constituirán en nueva clase dominante, ya que su poder radicará en el monopolio del conocimiento, la más valiosa de las materias primas de que el hombre ha dispuesto. La concentración de poder en la esfera de la información, conducirá a que unos pocos impongan a muchedumbres cada vez más grandes los puntos de vista que no estorben sus intereses.

Si esto se produce alguna vez, se habrá firmado la sentencia de muerte de los inconformistas, los poetas, los heterodoxos y los soñadores. Y, desde luego, de los filósofos.

Falta de acuerdo social

Uno de los problemas más urgentes y graves del actual sistema educativo español es la incapacidad de nuestros gobernantes para consensuar una Ley de Educación estable. Los motivos para explicar esta falta de acuerdos son variados y complejos.

Está en primer lugar la importancia misma del asunto. Recordemos, una vez más, que el conocimiento es la más valiosa de nuestras materias primas y que es en la educación y en la escuela donde se trasmite el conocimiento. Recordemos también que, desde que el mundo es mundo, la educación ha sido puesta al servicio de intereses y fines de dudosa moralidad.

Conviene tener en cuenta, además, que no es fácil compaginar una cierta neutralidad axiológica dentro de las aulas con el derecho de los padres a que sus hijos tengan la educación que ellos desean.

Creo, sin embargo, que la falta de acuerdo se debe ante todo a la ausencia de consenso en los criterios morales que deberían dirigir la conducta humana. Hubo épocas en las que determinar si algo era bueno o malo no dependía del parecer de particulares o de grupos de personas, sino de normas externas al hombre y por encima de él: La voluntad divina, decálogos como el de Moisés, libros sagrados, la participación de todos los hombre en una razón universal, las exigencias de la misma naturaleza humana o una ley natural accesible de manera innata a todos los hombres. Mas desde que el hombre se proclamó autónomo para establecer las normas de su conducta, defendiendo que lo bueno y lo malo siempre son relativos y que, a la postre, dependen de las decisiones que los grupos sociales más influyentes adopten por consenso en cada momento, ha dejado de ser políticamente correcto defender la existencia de ideales comunes.

Me permito recordar sin embargo, que es muy peligroso identificar lo justo con lo que en cada momento legislan los gobiernos democráticos. Y es que monstruosidades como la esclavitud o el nazismo, fueron sancionadas en su día por gobiernos democráticos.

Reflexión final

No nos engañemos: Va a ser muy difícil luchar eficazmente contra los instintos de agresividad, posesión y dominio, tan profundamente arraigados en nuestras disposiciones genéticas. Es posible que la tragedia de nuestros días consista en no somos capaces de priorizar el bienestar personal de los hombres concretos a la hora de determinar qué cosas son importantes y qué cosas no lo son. Con lo que lo único que a la postre conseguimos nos es que los hombres sean más felices, sino que produzcan más y estén mejor informados.

Cambiar el rumbo de las cosas implicaría, a corto y medio plazo, muchos sacrificios personales y colectivos, difícilmente aceptables, si no se parte de valoraciones morales distintas de las comúnmente admitidas en nuestros días. Si hay que evitar a toda costa la impopularidad, si lo único que cuenta es el triunfo personal inmediato y si el único criterio de discernimiento es la fría racionalidad de los balances económicos, será muy difícil poner coto al egoísmo personal y colectivo.

Ahora bien, es posible que todo cambiase si los principios antropológicos de que suele partirse en nuestros debates fuesen distintos y ampliamente compartidos. Por ejemplo, si se viese en el hombre un reflejo, todo lo pálido y lejano que se quiera, de un Absoluto. O si la historia del mundo fuese considerada como la laboriosa y progresiva realización de un proyecto de amor. O si se viese en un Dios Trascendente la ruta intemporal de todo orden y el amor final que todo lo abarca.

M. Arranz Rodrigo

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